EL FIN DE LA INSTRUCCIÓN TRADICIONAL: EL NACIMIENTO DE LAS COMPETENCIAS
El pedagogo francés Émile Durkheim (1980) define la educación como “la acción ejercida por las generaciones adultas sobre las que no están todavía maduras para la vida social, tiene por objeto suscitar y desarrollar en el niño un cierto número de estados físicos, intelectuales y morales que requieren en él tanto la sociedad política en su conjunto como el ambiente particular al que está destinado de manera específica”.
El maestro ejerce la función de esas generaciones adultas que especifica Durkheim en su definición y cuya función es que ejerzan e interactúen sobre aquellas generaciones que se encuentran en proceso de desarrollo y no “están todavía maduras para la vida social”. En esta definición se expresa la necesidad de potenciar distintos estados del sujeto; intelectuales y morales. Ambas, para construir un alumnado que sepa poner en práctica lo que aprenda.
El estado intelectual se refleja en el modelo instructivo de la educación que consiste en una educación basada en conceptos cognitivos y de memoria. Por el contrario, el estadío moral reflejaría la contraparte de la instrucción, la formación, basada en trabajar procesos mentales más complejos que incluyen la criticidad, así como la reflexión y la importancia del ámbito ético, pues como maestros, tenemos esa responsabilidad y ese poder. Somos fuente de saber para los alumnos. Somos nosotros quienes moldeamos su desarrollo, tanto intelectual como moral.
La importancia del ámbito formativo reside en la complejidad del panorama educativo, pues, al ser un ámbito social, en él se encuentran presentes problemáticas del mismo. Nos encontramos con situaciones críticas, con unos futuros ciudadanos sociales que interactúan entre ellos. A su vez, se presentan situaciones complejas, ya que no todos los estudiantes son iguales. Nos encontramos con alumnos de distintas capacidades, con orígenes distintos y de una gran diversidad que, sin el elemento formativo de la educación, no tendríamos en cuenta. Es por ello que el docente debe tomar el rol de guía y ser “actor social en compromiso con su comunidad” (Portela, 2008). Además, es necesario este enfoque para que todo lo que consigan en la escuela, sepan aplicarlo en su día a día, pero un aprendizaje basado en la memorización no contextualiza lo que aprendemos, desperdiciando el esfuerzo y tiempo invertido.
Por tanto, la educación debe conseguir establecer un equilibrio entre los aspectos instructivos y formativos, y debe hacer que lo que aprenda el alumnado pueda ser aplicable. Qué mejor forma de hacerlo que ofreciéndoles experiencias reales y contextualizadas donde aprendan el valor de lo que en un futuro les será de utilidad.
Nacen así las denominadas competencias en la LOMLOE: objetivos de aprendizaje, unos conceptos rodeados de controversia, sobre todo por su aplicación, si es una visión idealizada o es verdaderamente alcanzable.
La LOMLOE establece 8 competencias: comunicativa lingüística; plurilingüe; STEM; emprendedora; digital; conciencia y expresión culturales; ciudadana y personal, social y aprender a aprender.
Sin embargo, la LOMLOE, a pesar de presentar una propuesta innovadora que lucha por una educación activa, personalizada y que pretende combatir las desigualdades, no parece haber calado dentro de todo el profesorado. Si bien muchos alaban su enfoque competencial, otros cuestionan su practicidad y si verdaderamente puede llevarse a la práctica, o si en el tiempo en el que consiguen adaptar la metodología surgirá un nuevo cambio que revolucionará de nuevo el panorama pedagógico y obligará a empezar de cero.
Como individuo que todavía no trabaja en un aula, agradezco el enfoque competencial que ofrece esta ley. Creo ciertamente que el aprendizaje contextualizado y activo es favorecedor para facilitar el aprendizaje. Si bien es cierto que conservo mis dudas acerca de la restricción de contenidos y de cómo el sistema educativo ofrece una escolarización concreta y por tanto la personalización que ofrece es basada en sus objetivos y competencias, sigo creyendo que si queremos que el alumno aprenda, es mejor que lo haga haciendo y experimentando a que lo haga leyendo y releyendo temas y temas, para luego vomitarlos en un examen.
La LOMLOE presenta grandes cambios, incluso podría calificarlos de ambiciosos. No todos están preparados, formados o incluso dispuestos a implementarlos. Pero nadie afirma que el trabajo de un maestro sea sencillo y creo que el objetivo final debe ser garantizar un aprendizaje de calidad. Nosotros como maestros también tenemos que involucrarnos. Que la ley nos disponga unas competencias sobre las que trabajar no significa que nosotros debamos descubrir como trabajar e involucrarnos. Porque para poder educar hay que estar involucrado en todo aquello que rodea la educación; la pedagogía y por consecuente la política, que se retroalimentan y condicionan.
Por eso agradezco que nos cuestionemos si esta Ley puede llegar a ser beneficiosa. Porque sobre el papel todo puede parecer muy bonito, pero si no se adapta a la realidad y no se puede aplicar, no sólo la Ley estaría fallando al equipo docente, sino que fallaría al alumnado.
Para concluir, me gustaría rescatar una cita del pedagogo italiano Loris Malaguzzi, defensor de una pedagogía activa centralizada en el alumno, que a su vez proclama la importancia de que el maestro se involucre y se empame de la política para poder vivir en el camino de la educación, ya que ambos se conectan y se acaban fusionando.
"“Es importante tener el valor de hacer este camino, más allá del archipiélago que supone la escuela para no caer en una endogamia reduccionista y corporativista. Es necesario entrar en los grandes pulmones de la política (...) que son, en realidad, los primeros contaminantes del vivir”
(Malaguzzi, 1980)
Cuestionémonos si esta Ley de verdad nos ayuda, cuestionemos si la política está luchando por el futuro de nuestros alumnos. La Ley existe, encontremos las cosas buenas (que las tiene) y las no tan buenas (que las tendrá también). Intentemos ser críticos, pero aún así, intentemos dar lo mejor de nosotros.
Bibliografía:
Durkheim, E. (1989). Educación y sociología. México: Colofón, 7.
Malaguzzi, L. (1980). Se la pedagogia non mette i piedi a terra. Zerosei, 9, 3.
Portela Guarín, H. (2008). La instrucción y la formación en la educación: entre tensiones, herencias y tradiciones. Paulo Freire, Revista de Pedagogía Crítica, (6), 58.



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